LOLA O EL VALOR DE IR PARRIBA (Por Martín)
Durante muchos, muchos, pero muchos días, yo fui un gran conocedor, un erudito no reconocido de los descalabros que el tiempo le había venido propinando a los ladrillos del mercado, a donde Lola me llevaba todos los días, y en el cual lograba conseguir los víveres que luego le servirían para elaborar la comida, previa dedicación casi mágica y casi divina. Y no sólo conocía yo esas cicatrices temporales centímetro a centímetro, también sabía en que puestos los veintes y los quintos se caían sin importarle a lo tenderos su paradero, cosa que me permitía, con cierto empeño, hacerme de una fortuna cuantiosa de hasta treinta centavos al día, cuando las cosas iban muy bien.
Lola solía levantarme con su cara muy bonita, yo siempre me sorprendía porque lo mismo al dormir que al despertar, su rostro nunca dejaba de estar fresco y su aroma era siempre como el de esos dulcecillos que en tonos pastel y con forma de corazón y de tambor, se vendían en pequeñas bolsas de celofán. A mi me gustaba mucho comerlos, y aunque Lola solía mirarme con cierta complicidad no dejaba de señalarme que masticarlos me generaría caída de dientes, pero ella no sabía que yo los comía porque me recordaban tanto sus mimos, ¡sí! mirar a Lola por las mañanas y comer esos dulces de regreso del mercado, me generaban el mismo placer, motivo por el cual los tenía almacenados en el mismo espacio de la memoria, y también por esa razón, incluso ahora mismo, el aroma de esos dulces me sigue llevando al rostro de Lola, y también por esa razón Lola sigue siéndome un enorme dulce.
Cuando Lola terminaba de cambiarme, previo baño, tomaba su bolsa de yute, y pese a tener mas de tres, solía tomar con más regularidad una en cuadros blancos y amarillos con unas asas en plástico blanco, y entonces así, bien bañados y con bolsa en mano, nos enfilábamos hacia el mercado.
El camino al mercado nos requería el cruce de dos avenidas y unas cuantas calles. Al cruce de la segunda avenida, justo ante de iniciarlo, Don Carlos tenía su puesto de jugos, eskimos y licuados. Lola solía conversar con él, mientras me hacía tomar un licuado de plátano con chocolate, al tiempo en que ella tomaba un jugo de alfalfa con piña y apio; a mi me daba mucha risa pensar que Lola tomaba lo que los borregos comían y como yo le había preguntado, con una enorme sonrisa, por qué lo hacía, ella cada que lo tomaba, solía hurgar en mis costillas para calmar o avivar mi risa diciéndome –ya te gustará mi niño, ya te gustará…
A Lola ya no le tocó mirar como es que llegó a mí el gusto por el jugo de piña con alfalfa y apio, pero lo que sí le tocó a ella mirar, todos los días, era como yo me detenía por ratos muy prolongados a contemplar los ladrillos del puesto de Doña Luchi, la güerita que vendía el pollo y con quien Lola solía platicar todos los días comiéramos o no pollo. El puesto de Doña luchi siempre tenía agua de por medio, coronado con una barra de azulejos blancos, en donde ella cortaba al pollo y despachaba a la clientela, el mostrador del puesto siempre goteaba y goteaba, incansablemente, una agua amarillenta que parecía bilis pura, según le decía comúnmente Lola a doña Luchi y luego se echaban a reír –así he de tener la bilis, decía Lola, estos chamacos me tienen todo el día con la boca amarga.
A Lola, después lo supe de tanto oírlo y lo entendí mucho más tarde al tener a mis hijos, le representaba una enorme carga cuidar los cinco hijos de su única hija, la cual tenía que cuidar por su trabajo, a más de veinte niños que tenían la misma edad que yo y que le impedían a ella mirarnos desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Lola tenía que lidiar con la pobreza de toda la familia, con la amargura, la pena y la frustración que a su hija le nacieron luego de haber sido empequeñecida y degradada por compartir su amor y su ignorancia con un varón que jamás entendió en lo más mínimo lo que era el amor, el respeto y la piedad. Lola también cargaba con las quejas de impotencia de su única nieta, que al descubrirse desde sus frustrados quince años halagada por lo hombres, se preguntaba porque tendría que compartir con tantos lo tan poco que tenía y que ella había logrado conseguir con su propio esfuerzo. Lola lidiaba con cuatro nietos más, uno que le recordaba, dolosamente, la fisonomía de aquel que le había arrancado mucha sangre y muchas más lágrimas a su hija, otro que solía enclaustrarse penosamente para repasar aislado sus amarguras, otro más que le reventaba la paciencia con sus incansables desvaríos, el último de los nietos que Lola tenía que cuidar era enfermizo y no tenía más gracia que la de ser nieto de ella.
El puesto de doña Luchi no era un buen lugar para hurga en busca de monedas extraviadas, pero si lo era para encontrar miles de formas en los ladrillos que sostenían a la barra; yo le contaba siempre a Lola, mientras nos encaminábamos a cumplir con el recorrido de todos los días, todo lo que miraba mientras ella platicaba. Ahí llegué a mirar ejércitos de hormigas que recorrían, con vertiginoso paso, el cuerpo de una vaca que parecía estar queriendo alcanzar, con el único cuerno que tenía, el techo de un carro que con sus seis llantas patas parriba parecía sostener una gran parte de la barra mostrador; la vaca se alzaba de puntas sobre tres patas y las hormigas bajaban por cada una de ellas luego de salir todas de la llanta mas cercana a la barra, recorrer por cuatro caminos distintos las dos llantas más alejadas al mostrador y reunirse en el hocico de la vaca para recorrer en una sola línea gran parte del cuerpo; las hormigas solían interceptarse, levantar sus patas delanteras y retomar su camino ya fuera hacia la llanta del carro si regresaban o hacía el piso si apenas iban; recuerdo que cuando me percaté cabalmente de eso, yo le pregunté a Lola quienes iban y quienes venían, ella me respondió –cuándo van cargando cosas las hormigas, al subir o al bajar- yo le dije que siempre que iban para arriba llevaban algo, Lola sonrió, me dio el cucurucho en el que don Juventino le había despachado el arroz y sólo me dijo, -vámonos parriba mi niño, vámonos parriba.


periodismoacatlangeneracion83-87 dijo
Mi querido amigo: Siendo la primer afortunada de giozar de tus lìneas, bajo el pretexto de apoyarte para subirlas al blog, quiero agradecerte que me hayas permitido "conocer" a Lola, pero sobre todo conocer al niño martín, me hiciste imaginarte de una forma tan clara que creo que dificilmente puedo estar equivocada en lo que percibì. Definitivamente te quiero mucho màs!!! y conste que tú y yo sabemos que es mucho!!!! Abracitos y besitos!!!!
mares
9 Abril 2008 | 02:55 AM