Algunos dicen que uno va adentrándose en la vida, y durante toda la vida, a diferentes rincones de la conciencia. Dicen, los que de eso saben, que algunas veces esos rincones tienen aromas o colores que nos son previa o tímidamente conocidos, pero que en otros tantos momentos, esos rincones nos son tan nuevos, que uno se mantiene siempre lleno de asombro y con cierto temor ante ellos por no tener un punto referencial con quien enlazarlos para hacerlos más digeribles. Yo la verdad que no tengo forma de respaldar eso que los letrados en el tema afirman con letra bonita, y tampoco tengo manera de explicarme lo que en algunas ocasiones me llega a suceder cuando me cruzo con personas o escenarios que me son familiares, pese a tener la certeza de que jamás he estado ahí, ni mucho menos he cruzado miradas con esas personas que de repente me parecen tan, pero tan conocidas. Ya sé que algunos dicen que el inconciente va adentrándose en sus alforjas, una enorme cantidad de información que el conciente no tuvo la delicadeza o la destreza de registrar con lujo de detalle y que no será sino hasta que nuevamente nos encontremos con esa realidad, inédita al conciente pero muy presente para el inconciente, que establecemos esa relación y sentimos esa sensación de alivio y agrado.
Mi abuela Lola ha sido una luz cuya fuente de energía, muy propia por cierto, destelló y vivificó todos los rincones concientes por donde me fui adentrando hasta los siete años, luego de que se quedó dormida una vez que se hubo cerciorado de que el niño, en este caso yo, ya había cenado.
Lola era una mujer enorme, pese a su delgadez y su baja estatura, era verdaderamente enorme. Yo nunca supe lo que era un temor cuando estuve a su lado, esos llegaron después, justo cuando ella dejó de asistir a la casa porque la estaban cuidando para que ya no le dolieran sus pies. A Lola le pasó conmigo, lo mismo que le pasó a algunos héroes de mi infancia, nunca se hizo pequeña y nuca envejeció, se me hace que mucho de eso se debió a que nunca tuve otra imagen de ella, más que la que me dieron mis cuatro años cerca, muy cerca de ella.
Lola llegó a mi vida cuando yo tenía tres años, y no es que no estuviera ella conmigo desde que supo, por labios de mi madre, su hija única, que vendría un niño más y que éste era de alto riesgo, lo que sucede es que yo la descubrí recostada en la cama, guardándome en su regazo y pidiéndome que no llorara - ya mi niño, ya... yo te voy a llevar después...- así apareció Lola en mi vida: con un consuelo, mucha ternura y una enorme promesa. Desde esa noche, Lola ya no desapareció de mi vida y yo tampoco tuve interés, desde esa noche, de dormir con alguien que no fuera Lola; no sé si antes de esa noche yo ya había dormido bajo el encanto de la voz ronca de Lola, que conmigo se tornaba juguetona y siempre muy tierna.
Lola no me leía cuentos, ella solía platicarme lo que haríamos al otro día y lo que yo tendería que hacer según las edades que fuera alcanzando. Ella solía recordarme que sólo hasta tercero de primaria iría a llevarme y a traerme a la escuela entrando hasta el salón por mí, luego, me decía, -cuando vayas en cuarto yo te esperaré en la puerta y tu podrás jugar un rato más con tus amigos mientras yo te cuidaré- A mí no me gustaba mucho esa idea, recién había entrado al jardín, y para mí era una verdadera luz mirarla llegar al salón siempre con su cuerpo erguido y trenza cayéndole por un lado del cuerpo.
Mi abuela era una mujer bella, muy bella. Nacida en un poblado de Jalisco, su padre había sido un inmigrante que poco después de su nacimiento regresó a su tierra con la promesa de volver, dejando en estas tierras una mujer profundamente enamorada de Dios y de sus reglamentaciones, y una hermosa niña de apenas cuatro o cinco años, cuyos ojos eran enormemente negros. La mujer lo esperó, obligadamente toda la vida y la hija lo añoró hasta que conoció a Miguel, mi abuelo quien también se marchó, pero ese sin maletas ni boleto de tren, sino que se fue de noche y lleno de balazos.
Con Lola también inspeccioné lo que era tener conciencia de la conciencia. Recuerdo que eso sucedió un tarde, no sé de que mes, pero creo que debió de ser verano porque ella decía que hacía calor y que se le habían hinchado sus pies de mas, cuando me mandó, por primera vez y solo, a la tienda. Bien me acuerdo que me dijo –un peso de aspirinas, una pepsi y unos faritos mi niño- yo me fui corriendo porque a ella le dolían sus piernas y eso era algo que no me gustaba mucho porque cada que eso pasaba la casa completa se ponía muy triste. Cuando llegué a la tienda, la euforia de la carrera me había borrado la lista completa de la cabeza, Neptalí, el tendero que siempre tenía mala cara y que a decir de los rumores era porque no encontraba un hombre que lo hiciera sentir mujer, me dijo con enojo –ve a que te apunten chamaco güey- yo me regresé con la idea de que Lola me regañaría, cosa que seguramente hubiera hecho si hubiera sido cualquiera de mis hermanos, pero ella se sonrió, me repitió el encargo, pero no me dejó salir hacia la tienda, hasta que no canté, con ella: &… aspirinas unos faros y una pepsi, aspirinas unos faros y una pepsi, aspirinas unos faros y una pepsi…& desde entonces y hasta ahora, he entendido que con Lola también adquirí la conciencia de la conciencia.
Platón afirmaba que el amor y el arte eran los componentes indispensables para la adquisición del conocimiento, Lola me lo enseñó a diario, con su sonrisa de dulce y con sus constantes mimos y caricias. Como comer, como calzarme y como tirar el chicle luego de que se le ha ido el dulce, o la gracia como solía ella decir. Todo eso me lo enseñó Lola, además de que siempre lo hizo con un gesto tan de buenos días, que con ella, como lo dijera Silvio Rodríguez, todo se volvía primavera.
Martìn (el charro)
Martín:
Me encantó la historia de tu abuela, creo que era paciente contigo y sí que te quería, porque eso de olvidarte de las aspirinas, la pepsi y los faritos no se perdona tan fácil cuando duelen las piernas. Me hizo llorar que cerrara los ojos después de que cenaste. Supongo que eras melindroso y eso le preocupaba...qué linda historia, de una mujer grande en su forma de ser, con cuerpo pequeño, así era mi abuela Chole. Te agradezco mucho que la hayas subido al blog.
Nohemí Pineda
Por favor apúrate a escribir la segunda parte.
Martín, Al igual que la extranjera de Mantinea, Diotime; una mujer te dio los secretos de la vida, y que bueno que lo tengas tan presente
Un abrazo
Clau
Hola, Martín: Qué agradable anécdota, me alegró la tarde y me hizo recordar una historia de mi niñez, al lado del coronel, mi padre, cuando una tarde me llevó a conocer el rancho, los dos solos, padre e hijo juntos, y de regalo una noche de feria. Felicidades y, como dijo Noemí, apúrate a escribir la segunda parte, que estaré esperándola ansioso, como cuando era chavo y esperaba desesperado, una semana completa, la aparición de las nuevas aventuras de Memín y de Kalimán.
Hey, Martín. La historia de tu abuela me atrapó desde la primera línea. Me vino a la mente la figura que se acercó más al concepto de abuela, mi tía Gabina, que en realidad era mi tía abuela, y quien sin saberlo influyó mucho en mi vida. Esperamos la segunda parte. Un abrazo.
hola . MARTIN tu anecdota me encanto y me vino a la mente mi amada abuela SOLEDAD quien influyo en toda mi vida . esperemos que escribas una continuacion , saludos .
Martín: Linda historia, lo que nos hace reflexionar que siempre todos hemos tenido un heróe. Al leer tus líneas y pensar en el amor de esas mujeres de aquella época, en donde sus hombres hacían viajes sin regreso, me recordo a aquella canción de Serrat, "Penelope".
Saludos!!!!!!!
Elvia y Alvaro.
Querido Poeta del Mar de Cortés:
Creo que tu historia ha impulsado a todos los comentaristas a la vivencia del recuerdo, ya sea lejano o inmediato.
En mi caso, reflexioné acerca de cómo es que accedemos a tomar conciencia a partir de ese tipo de recueros. O de otros...
Reconozco que tomé conciencia de algunos recuerdos referentes a vivencias con mi abuela paterna, a partir de tus propias reflexiones.
Pero fueron del acceso al temor. Porque cuando de niños, mis hermanos y yo solíamos visitarla en Nogales, Veracruz, y como no queríamos irnos a dormir sino salir al huerto que tenía a seguir jugando, nos asustaban con la llegada del nahual (una especie de perro-hombre) que, decían, se comía a los niños juguetones.
Y al mismo tiempo me surgió el concepto de la protección ante el temor, porque mi bisabuela, madre de ella, solía reconfortarnos diciendo que ese nahual se asustaba si veía luces encendidas.
Valga decir que mi bisabuela vivió 102 años, y que mi abuela falleció hace poco tiempo.
Un fuerte abrazo.
PD: En virtud del ansia por leer la segunda parte, te recuerdo que los mercadólogos suelen alargar los finales para explotar justamente esas curiosidades. Todo lo cual, recuerdo bien, solías denostar...