VIAJES AL PASADO Y HERMANDAD DE PLOMO
Por Ángel Porras
De entre todas las quimeras que revolotean por la mente de los seres humanos, la del dominio del tiempo suele ser, quizá, la más predominante. Por lo menos eso ocurre muchísimas veces por la infame cabeza de quien esto redacta.
Y lo más grandioso es que, con motivo de cumplir tareas laborales, recientemente tuve la oportunidad de viajar en el tiempo, de transportarme, junto con tres acatlecos, a remembranzas de hace 20 o más años, de trasladarnos juntos a la precisión de los datos, que sólo la conjunción de los recuerdos permite en materia de memoria.
Primero en la capital del estado de Aguascalientes, donde hice una visita relámpago, tuve el honor de contactar a María Esther Nava, quien amable y fraternalmente me invitó a su divina casa. Inclusive, hubo de rescatarme de entre el laberinto del fraccionamiento donde habita, porque me di una perdidota…
Luego de presentarme a sus hijas, Ilse Naxielly (Ilse es Isabel en alemán y Naxielly es “te quiero mucho” en zapoteco), de 18 años, y Biaani Sayuri (Biaani es “Luz” en zapoteco y Sayuri, de origen japonés, significa “flor que nace a la orilla de un río”), de de 17 años —ambas, ineludibles herederas de la estética y perenne belleza de su madre—, Esther y yo conversamos por espacio de una hora antes de que arribara su esposo, Rodolfo, a quien ella llama “mi flaco”.
Esther y yo platicamos de todo, sin profundizar en nada. El tiempo, siempre el tiempo, nos limitó envidiosamente a la actualización de los datos, a los recuerdos más famosos, a los detalles que han hecho historia entre la generación. Reímos y nos entristecimos. Fijamos la mente con esfuerzo en aquellos detalles que todavía no nos permiten armar el rompecabezas de los recuerdos sobre los hechos atestiguados o protagonizados por ambos… Y en algunos casos lo logramos.
Después de la visita centella, Esther y yo nos despedimos (junto con su esposo me dio un aventón al sitio donde me esperaban los compañeros de trabajo) como si supiéramos que pronto nos volveremos a ver, que no pasará mucho tiempo (ahí sí le ganaremos la carrera en algo) antes de que podamos compartir de nuevo esas evocaciones y esos trozos de recordación perdida entre las neuronas. Yo estoy plenamente seguro. Ella, estoy plenamente seguro, también.
—oo0oo—
—¡Angelito!
Ese fue el grito con el que Álvaro Sánchez, El Poder, me obligó a virar la cabeza para dirigir mi mirada hacia donde él estaba sentado, terminando de desayunar.
Sí, por circunstancias laborales de ambos, coincidimos en el hotel Los Cocos, de Chetumal, Quintana Roo. Yo había viajado allí también por una encomienda de trabajo y luego habría de trasladarme a Mérida, Yucatán, para continuar con esa labor. El Poder, a su vez, había llegado a la capital quintanarroense, para cumplir con una tarea especial.
Por eso fue que luego del fraternal abrazo y las risas, le comenté que había pensado en escribirle por correo para tratar de contactarlo una vez arribara a Mérida. No fue necesario por ese fortuito y afortunado encuentro, un momento elegido por el azar. No desayunos juntos porque él ya había terminado, pero sí tuvo a bien ponerme en contacto, vía celular, con Elvia.
Nos pusimos de acuerdo, intercambiamos números celulares y quedamos en que nos llamaríamos. Tampoco fue necesario. Por esas extrañas razones del destino (aunque haya quienes no crean en él), El Poder y yo viajamos en el mismo autobús hacia Mérida. Fueron dos y media horas de conversación fructífera, en la cual pude narrarle mi inolvidable relación postescolar con Rubén Regnier —para mí, el “Bad Milk”, aunque esto lo sea más yo que él—, y muchos otros detalles que juntos compartimos en ese viaje de casi seis horas, pero que en el lapso de la plática se hizo muy corto.
Al llegar a Mérida y despedirnos con la promesa de juntarnos, también por otras cuestiones circunstanciales tuve la oportunidad de saludar a la bella Elvia —los años no pasan por ella, de veras (y ojalá nos pudiéramos reflejar en ese espejo)—, pues en su camioneta transitaban por el hotel donde planeábamos hospedarnos y gustosamente se estacionaron y bajaron para el triple encuentro.
Finalmente sí nos reunimos al día siguiente. El Poder pasó por mí al hotel donde estaba y me llevó a su enorme casa. Me presentó con sus hijos, Álvaro, de 13 años, y Daniela, de 12 —también ineludible heredera de la belleza de su madre y de las pobladas cejas de su padre—, y me invitó a sentarme en su moderna Covacha. Sí, un sitio que rememora a ese Terzo de Alcanfores s/n., pero con las comodidades y las ventajas de la modernidad.
Después llegó Elvia de su trabajo cargando bolsas con las viandas para la velada. Los tres nos dedicamos entonces a actualizarnos en materia de nuestros últimos acontecimientos. Pero también tuvimos el tiempo para hurgar en nuestras respectivas mentes para el armado de los recuerdos. Inclusive, Elvia y yo podríamos contar una anécdota de un suceso que nos ocurrió con un ex compañero acatleco, por separado, y que hasta esa noche supimos ambos que nos había acontecido.
Fue para mí una velada grandiosa. Cené con una familia maravillosa, llena de armonía y de amor; orgullosa de su esfuerzo y por su salida avante en la vida.
En síntesis, creo estos viajes al pasado me permitieron reencontrarme con mis amigos; fortalecer aún más los lazos que han comenzado a entreverarse en nuestras relaciones con los demás, y a conocer un poquito más a fondo con quienes compartí una de las etapas más importantes de mi vida, de nuestras vidas.
Por lo tanto, esta es una invitación a que, cuando se pueda —claro está— logremos agendar una visita a los nuestros, donde radiquen, donde el tiempo y las circunstancias nos ubiquen. Les aseguro que puede ser una experiencia inolvidable y, por lo tanto, se puede consagrar como la consecución de una ilusión: viajar a través del tiempo.
—oo0oo—
En un momento determinado de mi visita a la casa de Elvia y Álvaro, El Poder se paseó pensativo por su moderna Covacha mientras ella y yo conversábamos. De repente tomó un muñequito de plomo de su colección colocada en repisas de las paredes del sitio y me lo entregó diciendo:
—Este será el símbolo de nuestra hermandad.
Acordamos entonces que podamos hermanarnos con ese tipo de símbolo. Yo, a mi vez, deberé regalarle un muñequito (también hay muñequitas) a alguno o alguna de los compañeros o compañeros de Acatlán en mi próximo encuentro, y así sucesivamente. La idea es que cuando nos reunamos en masa, todos carguemos con nuestro correspondiente símbolo de hermandad. Es una propuesta que yo estoy dispuesto a continuar. ¿Quién dijo no?
Y creo que la excepcional idea de El Poder, de planear la hermandad con un símbolo de plomo, podría tener sustento en las características de este metal: sólido, resistente y maleable, como nuestra amistad.
Fin… Por fin.


mares dijo
Mi querdio Àngel: Te agradezco las lìneas que dedicas para nuestro encuentro, pero aprovecho para decirte, una vez màs, gracias por lo màs importante... Tu visita a casa, te lo dije en su momento y hoy lo reitero, fue realmente bello tenerte entre nosotros. Aùn tengo en mi mente tu imagen sentado frente a mi, regalandòme recuerdos, pero sobre todo llenàndome de el brillo de tus ojos, que reflejaban el mismo gusto que los mìos de estar juntos compatiendo. Si bien es cierto què, en nuestros años en la universidad no compartimos demasiado, en el presente me regocijo por la oportunidad de estrechar lazos con el Àngel de hoy. Ten por seguro que, igual que Àlvaro y Elvìa, seguire colaborando para que se haga màs fuerte la uniòn entre cada uno de nosotros.
mares
22 Marzo 2008 | 11:17 PM