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Periodismo Acatlán Generación 83-87

¡Sí se puede!

8 Febrero 2008

"CURADO DE FRESA Y BAD MILK"

Por Ángel Porras

Era el segundo semestre de la Carrera. Salimos de la clase de Epistemología —una materia donde supuestamente se nos inculcaban los fundamentos y métodos del conocimiento científico—, entre confundidos y felices porque al fin, por ese día, había concluido dicha tortura.

La verdad es que no teníamos ganas ni siquiera de ir a desayunar. En cuanto salimos del salón A-105, del edificio 6, nos dirigimos presurosos a tomar asiento en las bases de los árboles cercanos, más buscando aire fresco que descanso. Ese día, allí sentada esperaba la hermana de Gilberto Marín, El Chueco, creyendo que su hermano no tardaría en salir. Cuando nos vio, sabiendo que éramos sus compañeros, nos preguntó por él, a lo que le respondimos que no había llegado a clase.

Un tanto contrariada, quizá porque debía acudir a sus propias clases, nos pidió, a Nohemí Pineda, a Manuel Alcántara y a mí, que de favor le entregáramos a su hermano un termo y una bolsa de plástico con su desayuno.

El Chueco trabajaba en esa época como velador, o algo por el estilo, en una clínica del IMSS. Muchos compañeros llegaron a creer que sus ojos rojos se debían a las pasadas de mota que se daba, pero en realidad eran porque trabajaba de noche. También frecuentes fueron las ocasiones en que Gilberto se tiraba en los prados del edificio A-6 a dormir, a veces perdiendo clases o en otras aprovechando la ausencia de ellas.

No sé si ese día el alejamiento de El Chueco se debió a sus continuas jeteadas en Acatlán o que de plano no acudió a la ENEP; el caso es que no lo vimos todo ese día, un viernes por cierto.

Intrigados por saber qué le habían puesto de desayuno a El Chueco, una vez que desapareció la hermana de Gilberto procedimos a abrir la bolsa de plástico, que contenía dos tamales, creo que de mole rojo; mientras que en el termo había una especie de licuado de fresa. Y digo especie porque parecía entre yogurt y agua de sabor, menos licuado de fresa.

Incitados por Manuel y por nuestra propia hambre, de los tamales dimos buena cuenta entre los tres. Mientras comía, Nohemí reía nerviosamente; Manuel lo hacía a carcajadas, y yo me atragantaba de maíz y mole. El “licuado” nadie lo quiso probar. Una vez concluida la labor, desaparecimos la bolsa de plástico y esperamos la llegada de El Chueco para poder entregarle el termo. Inútil.

Concluyó la jornada estudiantil, los viernes muy corta por cierto, y nos dirigimos hacia el estacionamiento, donde Nohemí tenía su Dart K color guinda. Una vez más a instancias de Manuel y mía, abrió la cajuela y allí depositó el termo con la sustancia sabor fresa. Se marchó en su vehículo y Manuel y yo, como casi siempre, abordamos el camión que nos llevaría a la estación Chapultepec del Metro.

***

Al lunes siguiente, desde la primera hora de clase nos acordamos del termo de Gilberto y al preguntarle a Nohemí nos contestó que todavía continuaba en la cajuela de su auto. No le dijimos nada a El Chueco, sino hasta casi la hora de la salida, cuando le pedimos que nos acompañara al estacionamiento. Le habíamos relatado que su hermana vino a buscarlo el viernes y a traerle el desayuno, que constaba sólo de un termo. Tiempo después le reconocimos que también había incluido dos tamales, los que no quisimos que se echaran a perder.

Camino al estacionamiento, los cuatro, Noemí, Manuel, Gilberto y yo, íbamos con risas nerviosas, cada uno sintiendo cosas distintas. Yo trataba de imaginar si la cajuela olería a rayos. Manuel me comentó que esperaba ver el termo sin tapa y todo el líquido desparramado. Y Nohemí casi se doblaba de la risa.

Nohemí abrió la cajuela de su auto y extrajo el termo, que había quedado en el hueco de la llanta de refacción. El recipiente estuvo allí casi 72 horas, con la tapa en su lugar pero a una temperatura que casi quemaba las manos. Al abrirlo Gilberto, con su siempre risa nerviosa, se escuchó un silbido de escape de gas. Los cuatro, entre sorprendidos y burlones, soltamos la carcajada, al tiempo que en la atmósfera cercana se diseminaba un olor muy peculiar.

El “licuado” de fresa había fermentado en exceso y el termo expedía un olor agrio, picante, como de pulque. Nohemí, Manuel y yo reíamos más que El Chueco, pero indudablemente éste también estaba divertido. Vació el termo en una coladera cercana, lo tapó y lo guardó. Al final, casi con lágrimas en los ojos de tanta risa, nos dirigimos nuevamente hacia la escuela para concluir la jornada estudiantil.

Desde entonces, a esta anécdota la conocemos como “Curado de fresa”. Sí, sin querer y sin saber cómo, ese fin de semana habíamos generado un suculento “curado de fresa”.

Y Gilberto Marín, El Chueco, siguió acompañándonos feliz en nuestras andanzas. Sólo se separó un poco de nosotros hasta séptimo semestre, cuando todos los ex compañeros iniciamos las correspondientes especialidades. Nohemí, Manuel y yo estuvimos en Prensa Escrita. Él se fue a Comunicación Persuasiva.

Como siempre, expongo aquí hechos que me constan y que protagonicé, pero quizá haya detalles equivocados e imprecisiones. Por lo que invito a los demás participantes a las aclaraciones pertinentes, y a todos quienes deseen opinar al respecto que lo hagan sin miramientos. Se aceptan críticas y hasta desmentidos.

Saludos a todos.

servido por periodismoacatlangeneracion83-87 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Nohemí Pineda

Nohemí Pineda dijo

Ángel:
Es cierto lo del termo con licuado de fresa.No recuerdo lo de los tamales, pero seguramente sí le entré a los de mole porque me encantan, e incluso le dijimos a Gilberto que su hermana le había mandado un termo con pulque, lo cual le causó mucha gracia. La verdad sí era feliz con nosotros, creo que a su hermana no le hacíamos gracia porque siempre estaba seria, amable pero seria. Y si no mal recuerdo, el creativo de la mayoría de las bromas eras tú Ángel y el brazo ejecutor era Manuel; yo era una cómplice feliz, muy feliz. Siempre me reí con todas esas babosadas. Y si alguna vez Gilberto se sintió mal con esas bromas, le ofrezco una disculpa muy sincera, pero no creo que sea el caso, porque nadie resiste tanto semestre de tormentos. Sé que hay compañeros que piensan que éramos mala onda con Gilberto, pero no, en realidad siempre nos gustó y creo que nos sigue gustando el relajo. Yo me separé de Ángel y de Manuel - aunque nunca me disguté con ellos- como en el tercer o cuarto semestre, cuando llegó Alicia García a Acatlán y nos hicimos amigas, pero siempre me seguí divirtiendo mucho en Acatlán. Manuel Alcántara se cotorreaba hasta a los maestros, como a Leopoldo Cano, que nos dio Géneros de Opinión. Creo que es básico divertirse en esta vida. Gracias Ángel por esta anécdota, te juro que de acordarme de aquella pestilencia y del ataque de risa que nos dio me vuelvo a reír.
Un abrazo.
Nohemí Pineda

9 Febrero 2008 | 03:23 AM

zuby

zuby dijo

vaya memoria la tuya, te felicito por ello. lamento haberme perdido miles de momentos importantes de mi estadía en acatlán,......el deber me llamaba, ir al metro me limitó divertirme más en esa etapa estudiantil. creo que me dedique a estudiar y bueno..... así fue.
si recuerdas una anéxdota donde yo haya sido parte de los personajes que en ella hayan intervenido, agradeceré la recuerdes vale?

12 Febrero 2008 | 05:10 AM

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