Mi tío Zenón

Por Nohemí Pineda

Cuando recuerdo a mi tío Zenón, me acuerdo de la telenovela “El derecho de Nacer”, churrito que me aventé con mi abuelita Chole, porque mi mamá siempre ha sido enemiga de las telenovelas. Mi abuela lloraba y sufría con esas historias, y al paso del tiempo entendí, que era una forma de desahogar las emociones contenidas por las muchas tragedias que vivió.

Pero esa es otra historia, volveré a la de mi tío Zenón. Mi abuela paterna, me contó que estando embarazada de su hijo mayor, precisamente mi papá, estaba contando el dinero de la venta del pulque del día – tenían tinacales allá por Zumpango y Jaltenco, dos municipios pegados al estado de Hidalgo-, cuando vio que su cuñada Concha, hermana melliza de mi abuelo, se metió entre los magueyes y mucho se tardaba.

La tía Concha, estaba embarazada de un caporal que se fue en cuanto hizo su gracia y se convirtió en la apestada de la familia, pues estamos hablando más o menos de 1928, porque mi papá nació en el 29. Al verla escabullirse entre las pencas y notar su tardanza, mi abuela fue a buscarla y la encontró “tirando”, sí, “tirando” al niño que había nacido minutos antes y se disponía a huir, cuando mi abuela llegó, levantó al niño y le cortó el cordón umbilical con una piedra, le amarró el ombligo, lo envolvió en el delantal en el que guardaba las monedas de la venta del pulque y le dijo a su cuñada que se fuera, que ella lo iba a cuidar como si fuera su hijo.

La tía, asustada se fue del pueblo, pues en ese tiempo las mujeres “fracasadas”, así se les decía a las madres solteras, eran muy mal vistas y difícilmente podían formar una familia.

Yo me enteré de todo esto cuando tenía 13 años, después del 2 de agosto, día en que falleció mi tío Zenón y llegó su verdadera mamá, a llorar de remordimientos y a gritar en su velorio. Pero mi abuelo Gilberto la sacó gritándole que su verdadera madre se llamaba Soledad y señaló a mi abuela, que lloraba sentadita en un sillón.

Al ver ese drama, le pregunté a mi abuelita que qué pasaba, pues yo ya sabía algo de la historia, pero no me la sabía completa. Me dijo que ese no era momento para hablar de eso, que después me contaría y siguió llorando y rezando con rosario en mano.

Y no pasaron ni tres días, cuando me invitó unas gorditas de asientos de chicharrón con salsa verde - que recuerdo siempre que hablo de ella -, un cafecito y su típica gelatina de uva. Una vez que me dio de comer, me comenzó a contar la historia de telenovela. No sé si en realidad así fue, pero si no fue así, mi querida abuela hubiese sido una gran escritora. Pero se casó a los 15 años, tuvo 13 hijos y ya no pudo estudiar para maestra como sus hermanas, pero algunas de sus hijas, nietas y bisnietas sí lo hicieron.

Total que después de cortarle el cordón a mi tío, se lo llevó a su casa y le dio té de manzanilla con una cucharita. Al día siguiente, cuando mi abuelo regresaba de alguna de sus parrandas, la regañó y le dijo que no quería ese niño porque era una vergüenza para la familia, que era fruto del pecado y que se lo regresara a su madre. Mi abuela, me dijo que lloró mucho y que se le hincó a mi abuelo para que se lo dejara, le pidió que lo registraran como su hijo, porque además era de su sangre y no podía ser tan malo como para echarlo a la calle, porque su hermana Concha ya se había ido del pueblo..

Finalmente, mi abuelita se salió con la suya y se lo dejaron. De inmediato llamó a la tía Toña para que fungiera como nodriza, pues acababa de nacer uno de sus hijos. Y así, con leche de nodriza y atoles engordaron al niño.

A los pocos meses nació mi papá, a quien bautizaron con el nombre de Aurelio, quien creció feliz compartiendo juegos con mi tío Zenón, porque después mi abuela parió tres mujeres seguidas, luego dos hombres, y así hasta llegar a 13 hijos, contando al tío Zenón.

La parte más difícil de contar para mi abuelita, fue que cuando siendo niño, mi tío Zenón se enteró de que no era hijo, sino sobrino de Gilberto Pineda – mi abuelo-, quien ya para esos tiempos era presidente municipal, pero ella seguía atendiendo los tinacales, porque en ese entonces no había presidentas del DIF, ni todos esos cargos que ahora inventan para que las viejas de los políticos cobren una lana.

Mi tío Zenón, me siguió contando mi abuelita, llegó muy triste de la escuela y sin más rodeos, le preguntó: ¿es cierto que yo no soy su hijo? Y ella le contestó: ¿alguna vez te he tratado como si no fueras mi hijo?, entonces mi tío sonrió y le dijo que no. Pues entonces yo soy su mamá y váyase a jugar con Aurelio, le contestó mi inteligente abuela.

Por supuesto que él ya había escuchado muchos comentarios de su origen, pero sin duda, la opinión de mi abuela era la que más pesaba para él y seguramente por eso la quería tanto. Recuerdo que el 10 de mayo y en todos los cumpleaños de mi abuelita llevaba mariachis, flores y cantaba- bastante horrible por cierto-. Se casó joven y tuvo 10 hijos, con quienes compartí muchos juegos, porque eran nuestros vecinos.

Y bueno, la verdadera mamá de mi tío se fue a la ciudad de México. Allá se casó con un señor viudo con quien tuvo muchos hijos y sólo regresó al pueblo cuando supo que mi tío había muerto. Llegó vestida de negro con un rebozo en la cabeza, era muy viejita y no le vi ningún parecido con mi abuelo, a pesar de que eran mellizos. Mi abuelo era un hombre muy alto y erguido, mientras ella era menudita y jorobada. Sólo esa vez la vi, en el velorio en donde mi abuela lloraba por mi tío, muerto en un accidente en la autopista a Querétaro.

Y de ahí mi abuela siguió llorando muchas muertes más de sus hijos, pues a los seis meses, dos tíos más – de 23 y 27 años- murieron en otro accidente automovilístico en la vieja carretera a Cuautitlán. Después murió mi papá de cáncer y mi tía Malena de una embolia. Mi abuela Cholita murió de tristeza luego de esas tragedias, cuando yo estaba embarazada de mi primera hija. Recuerdo con cariño a esa mujer chaparrita, trabajadora… con sus historias que escuché siempre con atención, en medio de un almuerzo con gorditas de asientos, tamales o frijoles negros con epazote y quesadillas de queso fresco, que ella hacía, porque los tinacales dejaron de ser negocio poco antes de mediados del siglo pasado, con la producción masiva de bebidas embotelladas. Entonces mis abuelos, mi papá y mis tíos se dedicaron a criar vacas y hacer quesos. En esos tiempos mi abuela se sentaba en el patio de su casa a esperar a los compradores de leche fresca, ponía sus enormes botes frente a ella, sacaba sus libros de texto - que le regalaban mis tías que eran maestras de primaria- y se ponía a leer. Se sabía de memoria muchas historias de esos libros, pero las mejores historias que se sabía eran las de su familia… mi familia.