Entre Rosca de Reyes y tiempos de memoria
Por Ángel Porras Robles
Casi siempre al regresar a clases de las vacaciones decembrinas, y a partir de esa “incapacidad” organizativa que manifestaba la generación, solía hacerse la cooperacha (un elemento indispensable en la eficiencia para concretar el reventón) con el propósito de comprar y departir una Rosca de Reyes.
No recuerdo ni el año ni el semestre. Pero algunos de los detalles han quedado tatuados en la memoria colectiva: la de todos, la de algunos, la de los que, inclusive, quieran olvidar.
Para mí y para Manuel Alcántara nunca fue difícil buscar una víctima en esa ocasión. Y creo que en ninguna otra mientras Gilberto Marín, El Chueco, se mantenía cerca de nosotros. (A veces creo que hasta gozaba con nuestra compañía, por increíble que parezca). Ese día, 7 de enero, Manuel Alcántara llevó a la escuela la figura amarillenta de un perro de plástico. Aunque lo niegue, creo que su plan fue preconcebido desde muchos días antes.
El chiste fue que llegara la rosca para que, sin que nadie nos viera, insertar el perro de plástico por debajo del pan y marcar el sitio donde había quedado. Cabe mencionar que dicha figura era unas cuatro veces más grande que el tradicional muñequito de
Una vez todos juntos y empezando a cortarse el pan, Manuel, con una risa silenciosa característica en él, azuzaba para que El Chueco cortara su correspondiente porción. Pero había que esperar. El primer corte se había realizado un poco retirado del sitio estratégico. Y llegó el turno. Entonces, entre Manuel y yo, y luego seguido por otros que no sabían del plan, invitamos a Gilberto para que cortara la rosca en el lugar preciso. No podíamos aguantar la risa. El Chueco también reía, pero nerviosamente. Hasta que de un lado de su trozo se asomó el perro color amarillo y gritamos que algo tenía. Gilberto lo extrajo con la mano y la risa fue entonces unánime y estruendosa.
Nadie se lo creía y mucho menos El Chueco, pero Manuel y yo prácticamente lo obligamos para que aceptara poner su casa el siguiente 2 de febrero y poder realizar allí la pachanga. No le quedó de otra. Su hogar se había convertido desde semestres antes en el lugar preferido, recurrente, de la familia periodística 83-87.
Y tampoco recuerdo si fue en esa fecha o en otra cuando, como en diversas ocasiones anteriores, la invitación se extendía hasta alcanzar a las generaciones aledañas, la anterior y la posterior. El caso es que la casa de El Chueco se llenaba de muchísimas caras conocidas y algunas poco conocidas y se convertía en el lugar idóneo para el baile, el chupe, el agasajo, la comilona y hasta el desenfrene.
Sí, porque también hubo una ocasión en que dos compañeros, uno de la generación y otro quién sabe de cuál, se encerraron en el baño para fumarse un carrujo de mota o lo que quedaba de él, sin importarles el filón de compañeros que esperaban turno para ingresar al sanitario.
Creo que esa también fue la ocasión en que la hermana de El Chueco (no recuerdo su nombre, pero sí el apelativo,
Tiempos de memoria aquellos que no quise dejar pasar por las fechas que vivimos hoy; porque consideré necesario encender la mecha de los recuerdos 2008 en el blog, y para que, quien así quiera, agregue, precise o de plano desmienta lo aquí expuesto. Sólo espero y deseo que nadie de los mencionados se sienta ofendido. Provecho.
PD También de esos lares y veces es aquella en que al Berna le robaron algo de su camioneta, se dio cuenta que alguien merodeaba y se le dejó ir sin corroborar culpabilidades. No fue el único: varios lo seguimos corriendo en barrio ajeno, en una súper negra penumbra (era como si se trajeran gafaspara sol en la noche, o por lo menos yo así me sentía, alcoholizado).Lo bueno es que no pasó a mayores, porque por poco ensartan al Berna con tremendo cuchillote o cutter (???), cuando el perseguido se sintió acorralado en un callejón…


Nohemí Pineda dijo
Ángel:
No sabes cómo me has hecho reír con esta historia del perro en la rosca, que me recordó otra rosca que partimos y casi obligaron al maestro de Instroducción al Estudio del Derecho, Tomás Galliard, si no mal recuerdo, a que partiera en la deliciosa azúcar, donde ya había sido colocado el niñito. Por supuesto hubo pachanga en la casa del profesor y ahí cantó Alicia García. También te quiero aclarar que yo no le puse "La Chorreada" a la hermana de Gilberto. No niego que puse dos que tres apodos en Acatlán, que a la postre no se les quedaron a los compañeros, pero ese no lo puse yo. El apodo de "La Chorreada" se lo puso otro compañerito que no quiero quemar, pero que siempre me hizo reír con sus ocurrencias. Gracias por hacerme reír tanto Ángel, por favor escribe más anécdotas. Y en cuanto a las pachangas en casa de Gilberto yo nunca fui, es más, nunca fui a las pachangas de Acatlán, pero siempre me divertí en las clases contigo, Manuel Alcántara, Jorge y después Alicia, Brisa, Ángeles y Rebeca. Buenos tiempos, sin duda. Recuerdo las deliciosas petroleras de milanesa y mi rico cafecito, que ahora no puedo tomar porque no duermo. Lo único que no recuerdo con agrado de Acatlán son las máquinas de escribir de los talleres de redacción, que siempre hacían que me doliera la espalda por duras y feas. Por eso amo las computadoras y el Internet.
10 Enero 2008 | 09:31 PM