Cosas de mi abuela
Cosas de mi abuela
Por Nohemí Pineda
A mí me contaron que mi abuela Georgina se había muerto, ¿de qué?, no sé, nunca me lo cuestioné ysiempre pensé que estaba en la cripta familiar. Fue hasta que un pariente indiscreto me dijo que no se había muerto, que se había ido con otro hombre y por eso no se hablaba de ella en la casa de mi abuelo Miguel. Yo tenía ocho años y se lo conté a mi hermana Norma, de 10. Decidimos preguntarle a mi mamá si mi abuela vivía, y su respuesta fue: Para mí está muerta, en un tono de dolor y enojo tan intensos que decidimos ya no preguntar. Mi papá prefirió ser discreto y nos dijo que cuando tuviéramos edad nos contarían lo que pasó con su abuela. Pero Norma y yo no nos dimos por vencidas y les preguntamos a todos nuestros tíos, tías y primos, e incluso al pariente indiscreto, al que por supuesto mi madre ya le había ordenado ponerse un cierre en la boca.
Estamos hablando de por ahí de los setentas, tomando en cuenta que yo nací en 1964. Y fue tema tabú hasta 1980, año en que murió mi abuelo Miguel, cuando se apareció doña Gina a pelear la herencia.
Fue poco antes de la fiesta de San Lorenzo –en agosto -, cuando llegó con un velo en la cabeza, lentes oscuros, boca pintada en tono mamey y unas chapas tipo Heidi que provocaron las críticas y risas de mis hermanos. Mi papá simplemente dijo: ella es su abuelita, denle un beso. Y así fue, nos formamos los seis hermanos a besar a la abuela desconocida, maquillada, de gafas y seria, muy seria, casi tan seria como mi mamá, que no atinaba a hilar conversación.
Una vez que se fue, mi mamá nos sentó en la sala a Norma y a mí, que ya para ese entonces éramos adolescentes, y nos narró la historia de la desaparición de la abuela. Nos dijo que su mamá se casó muy joven, como se estilaba en aquellos tiempos, y que alrededor de los 22 años ya había parido a sus cuatro hijos, de nombres María, Rebeca, Fernando y Jorge, pero al parecer nunca quiso a Miguel, mi abuelo, pues siempre se la pasaba renegando de él; que si no sabía comer, que si su familia era de indios, que sólo sabía tragar chile de olla y chile de cazuela. Total que nunca le pareció la relación. Y nadie sabe, nadie supo cómo conoció a un jugador de futbol que tenía su rancho allá por Zumpango. Total que mi abuela, aprovechando las constantes ausencias de su marido como contratista en una constructora, de buenas a primeras se convirtió en amante del deportista y lo metía a su recámara. Dice mi mamá que entonces el humor le cambió y siempre andaba de buenas, les hacía sus comidas favoritas, los dejaba jugar en la calle con los hijos de las vecinas y hasta cantaba. Claro que cuando llegaba la noche y su papá no estaba, los encerraba a piedra y lodo en una recámara con todo y leche para la niña más pequeña, que en ese tiempo ya tenía dos años, además de una bacinica por si a alguien se le ocurría hacer del baño.
Y bueno, dijo mi mamá, para no hacerles el cuento largo, un día llegó mi papá y la encontró con su querido en la recámara. Mi papá primero pasó al cuarto donde nosotros estábamos y nos preguntó ¿dónde está su madre? Nosotros le dijimos que con su amigo en la recámara, y se fue hecho una furia, entró y empezó a golpear a mi mamá con saña, mientras el galán aprovechó la confusión para huir.
Después mi papá fue al ropero y bajó la pistola para matar a su mujer, pero yo le dije que no lo hiciera, porque lo iban a meter a la cárcel y entonces quién nos iba a cuidar. Parece que eso lo hizo reflexionar y entonces le ordenó a mi mamá que se fuera, que nunca más la quería volver a ver. Nosotros llorábamos y gritábamos, pero mi papá todavía en la calle tomó una piedra y se la aventó en plena cara. Ya para entonces todo el pueblo estaba en la calle y vi como mi tía Petra, su “alcahueta” le puso un chal para que no la vieran encuerada, y se la llevó escurriendo sangre. Nunca más la volvimos a ver. Mi papá fue por mi abuela Cruz para que nos cuidara, pero estaba muy viejita y apenas si podía cocinar. Yo tuve que dejar la escuela para ver a mis hermanos y ayudar a la abuelita, y también a mis tías que me empezaron a agarrar de criada. Alguna vez oí a una de mis tías decir que mi papá había ido a ver a mi mamá para pedirle que nos cuidara. Ya para entonces vivía en México con su amante, en Polanco. Pero no, mi mamá dijo que a ella la querían sin hijos y que si no podía con ellos entonces para qué la había corrido. Total que mi papá decidió que lo mejor era irnos a vivir a Chihuahua, porque ahí le ofrecieron un trabajo, y porque ya no soportaba los pleitos de mis hermanos en la escuela cuando les decían que mi mamá era una puta, ni tampoco el que la gente del pueblo nos viera con lástima. Mi papá se juntó con Coco, una veracruzana a la que encomendó nuestra crianza, y él se volvió un hombre muy duro y callado. De mi madre ya no supimos mucho. Alguna vez nos enteramos que nunca volvió a tener hijos, que el señor con el que se fue por eso la dejó y entonces ella se metió a trabajar de ama de llaves con una familia con la que duró muchos años, y después regresó a su pueblo en Hidalgo y puso una tienda.
Y ahora está aquí, dijo mi madre, que lloraba y temblaba, y no sé qué hacer, porque yo no siento nada por ella, pero es mi mamá y su papá me convenció de recibirla.
Norma y yo nos miramos sorprendidas, de repente sentimos rabia hacia la abuela que dejó sola a mi madre siendo una niña y que ahora la hacía llorar. De golpe entendimos la amargura de mi abuelo, tan perfeccionista, tan exigente, tan misógino. Pero mi mamá nos pidió portarnos bien con ella para no tener problemas, “ya está vieja, tiene artritis y sus parientes ya le exprimieron lo poco que tenía, vamos a ver qué pasa, va a vivir un tiempo con nosotros”, nos dijo resignada.
La abuela Gina chocó de inmediato con nuestros hábitos y costumbres, quería darnos sopa de pan, cremas de verdura, sopa de cebolla y ajos, cuando a nosotros nos gustan los fideos, el caldo de pollo con menudencias y el consomé de la barbacoa. Nos quiso hacer adoradores de Santa Claus y el Halloween sin éxito, no quería que habláramos en la mesa, ni que nos hiciéramos tacos cuando mi mamá acababa de cocinar. En fin, se convirtió en un verdadero dolor de cabeza para nuestra familia, hasta que un día decidió irse a vivir con el tío Jorge, el tercero de sus hijos, con quien también se había reencontrado recientemente. Pero ahí duro menos de seis meses –con nosotros estuvo casi un año -, se peleó con Claudia su nuera, y por poco acaban del chongo, porque la acusó de haberse robado unas joyas más o menos valiosas, que en realidad eran unos anillos de 10 kilates con circonias. Entonces se fue tres o cuatro años a vivir con uno de sus sobrinos a San Luis Potosí.
Y cuando creímos que ya no íbamos a saber más de ella, llegó un sábado con sus maletas y le pidió a mi mamá que la llevara a un asilo, a lo cual se opuso mi madre rotundamente. Aunque estaba consciente de que tampoco se podía quedar con nosotros, porque no nos soportábamos mutuamente. Entonces quedaban dos opciones: sus hijos Fernando y Rebeca – mi madre es María -. El primero no quiso que fuera a su casa, porque hasta la fecha le guarda un gran rencor, y Rebeca le hizo el feo desde que la volvió a ver. La esposa de mi tío Fernando, entró al quite en esta disputa familiar, sugirió hablar con ella para lo del asilo. Y así lo hicieron, lo cual lejos de mortificar a la abuela Gina la llenó de alegría, porque dijo que así podría hacer a gusto su vida, que la verdad no se hallaba con ninguno de los hijos, pero que eso sí, le guardaran su parte de la herencia de mi abuelo. Y es que Miguel, mi abuelo, dejó muchas propiedades, porque trabajó como loco creyendo que la abuela lo había dejado por su falta de recursos, y en cuanto pudo, se dedicó a comprar casas y terrenos, privando de muchas cosas a sus hijos y a Coco, su pareja, para ahorrar y comprar lo que seguramente Gina había soñado tener y él no le pudo dar. Y desde hace más de 15 años la abuela vive en un asilo. Hace tres o cuatro años un reportero de radio la entrevistó en ocasión del “Día del Anciano”, que ahora ya es del “Adulto Mayor”, y dijo que ella está ahí porque tuvo cuatro hijos que la abandonaron para quedarse con su herencia. Al enterarse mi madre de los comentarios, lloró de rabia y dijo que por si mi abuela no lo recordaba, la que los abandonó fue ella, y hasta me dijo que muchas veces tuvo la esperanza de que su mamá regresara y se los llevara a vivir con ella, porque su madrastra les hacía de comer, los cuidaba, pero no los quería, “sólo a Rebeca, a quien crió como si fuera suya porque ella no pudo tener hijos. Y creo que gozaba cuando mi papá nos pegaba, después de que le llenaba la cabeza con las quejas del día”.
Y bueno, por eso yo procuro no hablar mucho de que mi abuela está en un asilo, porque la gente piensa que es ingrato mandarlos para allá y cuando ven a los viejitos se enternecen, se preguntan por qué están ahí. Ni se imaginan las historias que hay detrás. Como la de mi abuela, que sigue esperando su parte de una herencia que no ha podido ser repartida, porque mi abuelo murió intestado, y nunca nadie se ha podido poner de acuerdo en un juicio que lleva más de 20 años.

Jorge Pérez Albarrán dijo
Noemí, quiero felicitarte por esta historia, al estilo "casos de la vida real"; me atrapaste desde la primera frase. Me fascinó. ¡A que abuelita tan cabrona!
14 Noviembre 2007 | 03:54 AM