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La Coctelera

Periodismo Acatlán Generación 83-87

¡Sí se puede!

5 Junio 2008

invitación 21° aniversario

Para: Todos y cada uno de los compañeros acatlecos de Periodismo Generación 83-87.

De: Comité Organizador de la Reunión Anual de la Generación

A partir de la última invitación para recibir propuestas y sugerencias de organización de la celebración por el 21° aniversario de nuestro egreso de la ENEP, y considerando las manifestaciones al respecto, nos atrevemos a proponer lo siguiente:

· Que la reunión anual se lleve a cabo este año en el DF, en una fecha comprendida entre el 19 de julio y el 9 agosto del presente año ( parte final del periodo vacacional escolar).

· Que desde ya se manifiesten respecto al lugar donde se celebraría la reunión (salón, restaurante, cantina), así como lo que les gustaría que hubiera de comida, bebida, música y ambientación, entre otros aspectos. (todo en razón de lo que se esté dispuesto a gastar).

· Que se establezca el 13 de junio como fecha límite para la recepción de propuestas, para que el Comité tenga tiempo de implementar la decisión de la mayoría.

· Que en caso de que haya necesidad de apartar el espacio y la fecha, se abra una cuenta bancaria para recibir los depósitos individuales y tener efectivo para la organización.

· Que el día de la reunión se plantee la posibilidad de realizar el próximo año la celebración en una ciudad distinta al DF, como podría ser el caso de Aguascalientes —como se registraron manifestaciones al respecto—, de tal manera que se tenga un año completo para la organización de la misma.

· Que ese día se aporten y discutan las propuestas de la celebración anual siguiente y se designe al Comité Organizador.

Por el momento es todo y estamos en espera de sus sugerencias, propuestas y/o comentarios, aclarando que su participación es importante, ya que nos quedan aproximadamente dos meses para la celebración.

Saludos a todas y todos.

A t e n t a m e n t e

COMITÉ ORGANIZADOR 2008

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7 Mayo 2008

Solo estar…

El viernes de la semana pasada tuve la oportunidad de reunirme con dos de mis grandes amigos: Manuel Alcántara y Marco Antonio Sánchez, fue algo realmente grato. A Manuel tenía dos años de no verlo (desde que me hizo favor de venir a acompañarme a la fiesta de XV años de mi hija menor) y a Toño muchos más, ( no sé con exactitud cuántos) al volver a abrazarlos me pareció que el tiempo no había transcurrido, y que era “ apenas ayer “ cuando había hecho lo mismo. Un bello abrazo lleno de cariño, entusiasmo y hasta cierta complicidad por los “secretos” y vivencias que nos unen.

Desde hace tiempo me ha resultado complicado viajar a la Cd. De México, pero mis amigos me hicieron el favor de ir hasta dónde yo me encontraba en el Estado de México, mi querido Toño tuvo incluso un percance automovilístico en el trayecto, pero ello no fue motivo para modificar nuestro encuentro. Una vez juntos decidimos salir a un café cercano a charlar, cenamos juntos, la música de fondo, en su mayoría trova y boleros, complicaba un poco la charla pero le dio un toque especial a la misma. Yo no me cansaba de observar los rostros de ambos para llenarme de ellos y traerlos conmigo aún con más fuerza.

No hubo grandes planes para vernos, bastó que les informara que estaba “por sus rumbos” y ellos, cariñosamente, se organizaron y en unas cuantas horas estábamos los tres respirando el mismo aire alrededor de una pequeña mesa de café.

Compartimos los recuerdos, las bromas, los desatinos, pero sobre todo el enorme cariño que a pesar de los años aún nos tenemos, y ese se manifestó sin necesidad de las palabras, nuestra presencia fue fiel testigo de su existencia.

En mi relación con ellos, ha habido de todo, risas, llanto, desacuerdos, malos entendidos, distanciamientos, etc. Pero lo único que ha prevalecido es, sin duda, una amistad firme y verdadera, que al estar de frente, rostro con rostro, se ratificó sin dejar ningún espacio en la mente y en el corazón a aquello que no sea el amor que nos tenemos.

Hace mucho tiempo que en la vida de una servidora, las “prioridades ” han cambiado, no lo son ni el trabajo, ni el desarrollo profesional, ni el bienestar económico, ni el reconocimiento y admiración de terceros, en sí, nada de lo que muchos conocen como “éxito”. A veces una enfermedad, un accidente o un secuestro, entre otras cosas, cambian la vida de un ser humano por completo y ese ha sido mi caso.He aprendido que lo realmente valioso para mì está al alcance de mi mano y que no hay nada que pueda suplir la presencia de un ser querido, que permanecen a mi lado sólo aquellos seres que me han permitido sentirme parte de ellos compartiendo con fortaleza todo lo que la vida nos presenta… ellos llenan mi vida de luz. ( No importa si todo lo anterior suena a panfleto barato de superación personal jejeje) Sin duda alguna, mis amigos Toño y Manuel son parte de ellos. Sè que el tiempo no nos permite a veces compartir lo suficiente, y que aún hay mucho que decirnos, pero quiero agradecerles que me hayan regalado tan bellos momentos con lo esencial… “Solo estar”

mares

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4 Mayo 2008

Un poeta en el Mar de Cortés

Antes de llegar tenía bien fija en la mente su imagen delgada y su rostro de calavera. Pero cuando el sol de La Paz bañó por completo su cuerpo, esa efigie se esfumó junto con el fuerte viento característico de esos extensos espacios.

Martín López Flores, El Charro, ganó 20 kilos en poco más de 20 años.

—oo0oo—

Viajé recientemente a esa que él denomina “tierra de paz”, previo contacto vía correo electrónico, y en virtud de que del trabajo no fueron a recibirme al aeropuerto, hube de llamarle telefónicamente para que me recomendara un hotel dónde quedarme.

Sin embargo, Martín —cordial y amigo como siempre— se ofreció a ir por mí, abandonando su cotidianidad. Varios minutos después de la llamada telefónica, un hombre se me acercó y me preguntó que si trabajaba para el ISSSTE, a lo que respondí afirmativamente. Había llegado tarde. Me puse nuevamente en contacto con Martín para solicitarle que, si no había emprendido el viaje, ya no se molestara, pero estaba a unos minutos de camino.

—Ya voy llegando, hermano; dime cómo vienes vestido —me atajó y preguntó.

Por eso fue que al verlo descender del auto en que llegaba al aeropuerto y dirigirse hacia mí, luego del saludo y del abrazo le comenté que lo veía más gordo, inclusive con una leve protuberancia en el vientre.

Como acto reflejo, Martín sumió su pequeña panza y sonreímos.

Acordamos que nos reuniríamos, una vez que cada uno cumpliera sus respectivas encomiendas, lo cual ocurrió hasta la noche.

Fue una velada breve pero fructífera. Me reencontré nuevamente con el pasado (espero que él haya sentido lo mismo), cosa que siempre alimenta el espíritu en el presente y que hace prevaleciente la esperanza en el futuro.

Me percaté de la madurez cognoscitiva de El Charro. Aunque siempre en clases mostró plena comprensión de los temas académicos, ahora es un hombre con profundo conocimiento de lo que expresa. Además, tiene muy nítidos sus objetivos y los comparte sin afanes autoadulatorios.

Por eso mismo fue que me dio doble gusto verlo, tratarlo y compartir ideas y comentarios: porque me di cuenta que, al igual que otros pocos locos como yo, su participación en este espacio tiene la intención de comunicar.

Cada uno de nosotros lo hace como mejor le parece, —“desde nuestra individualidad”, como él dice—, pero creo que con la intención de mantener ese contacto extraviado por grandes espacios anuales y vuelto a descubrir y mantener desde hace casi un año.

Por eso y por muchas otras cosas, como dice la canción, fue para mí un honor y un deleite reencontrarme, luego de ahora 21 años, con Martín, El Charro, un hombre que en lo coloquial sigue siendo el mismo, pero cuya madurez ahora le implica un alto sentido de la responsabilidad —está escribiendo su tesis de Maestría—, y quien al expresarse con su prolífica prosa pareciera haber cambiado respecto de aquel que conocimos y tratamos hace ya 21 años.

No, en el fondo —reitero— es el mismo; cierto, con 20 kilos más y con 20 grados más de sapiencia ganada en los libros y en las aulas, lo que le ha implicado un alto conocimiento del saber y de la vida.

Para mí es ahora “un poeta en el Mar de Cortés”.

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9 Abril 2008

LOLA O EL VALOR DE IR PARRIBA (Por Martín)

Durante muchos, muchos, pero muchos días, yo fui un gran conocedor, un erudito no reconocido de los descalabros que el tiempo le había venido propinando a los ladrillos del mercado, a donde Lola me llevaba todos los días, y en el cual lograba conseguir los víveres que luego le servirían para elaborar la comida, previa dedicación casi mágica y casi divina. Y no sólo conocía yo esas cicatrices temporales centímetro a centímetro, también sabía en que puestos los veintes y los quintos se caían sin importarle a lo tenderos su paradero, cosa que me permitía, con cierto empeño, hacerme de una fortuna cuantiosa de hasta treinta centavos al día, cuando las cosas iban muy bien.

Lola solía levantarme con su cara muy bonita, yo siempre me sorprendía porque lo mismo al dormir que al despertar, su rostro nunca dejaba de estar fresco y su aroma era siempre como el de esos dulcecillos que en tonos pastel y con forma de corazón y de tambor, se vendían en pequeñas bolsas de celofán. A mi me gustaba mucho comerlos, y aunque Lola solía mirarme con cierta complicidad no dejaba de señalarme que masticarlos me generaría caída de dientes, pero ella no sabía que yo los comía porque me recordaban tanto sus mimos, ¡sí! mirar a Lola por las mañanas y comer esos dulces de regreso del mercado, me generaban el mismo placer, motivo por el cual los tenía almacenados en el mismo espacio de la memoria, y también por esa razón, incluso ahora mismo, el aroma de esos dulces me sigue llevando al rostro de Lola, y también por esa razón Lola sigue siéndome un enorme dulce.

Cuando Lola terminaba de cambiarme, previo baño, tomaba su bolsa de yute, y pese a tener mas de tres, solía tomar con más regularidad una en cuadros blancos y amarillos con unas asas en plástico blanco, y entonces así, bien bañados y con bolsa en mano, nos enfilábamos hacia el mercado.

El camino al mercado nos requería el cruce de dos avenidas y unas cuantas calles. Al cruce de la segunda avenida, justo ante de iniciarlo, Don Carlos tenía su puesto de jugos, eskimos y licuados. Lola solía conversar con él, mientras me hacía tomar un licuado de plátano con chocolate, al tiempo en que ella tomaba un jugo de alfalfa con piña y apio; a mi me daba mucha risa pensar que Lola tomaba lo que los borregos comían y como yo le había preguntado, con una enorme sonrisa, por qué lo hacía, ella cada que lo tomaba, solía hurgar en mis costillas para calmar o avivar mi risa diciéndome –ya te gustará mi niño, ya te gustará…

A Lola ya no le tocó mirar como es que llegó a mí el gusto por el jugo de piña con alfalfa y apio, pero lo que sí le tocó a ella mirar, todos los días, era como yo me detenía por ratos muy prolongados a contemplar los ladrillos del puesto de Doña Luchi, la güerita que vendía el pollo y con quien Lola solía platicar todos los días comiéramos o no pollo. El puesto de Doña luchi siempre tenía agua de por medio, coronado con una barra de azulejos blancos, en donde ella cortaba al pollo y despachaba a la clientela, el mostrador del puesto siempre goteaba y goteaba, incansablemente, una agua amarillenta que parecía bilis pura, según le decía comúnmente Lola a doña Luchi y luego se echaban a reír –así he de tener la bilis, decía Lola, estos chamacos me tienen todo el día con la boca amarga.

A Lola, después lo supe de tanto oírlo y lo entendí mucho más tarde al tener a mis hijos, le representaba una enorme carga cuidar los cinco hijos de su única hija, la cual tenía que cuidar por su trabajo, a más de veinte niños que tenían la misma edad que yo y que le impedían a ella mirarnos desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Lola tenía que lidiar con la pobreza de toda la familia, con la amargura, la pena y la frustración que a su hija le nacieron luego de haber sido empequeñecida y degradada por compartir su amor y su ignorancia con un varón que jamás entendió en lo más mínimo lo que era el amor, el respeto y la piedad. Lola también cargaba con las quejas de impotencia de su única nieta, que al descubrirse desde sus frustrados quince años halagada por lo hombres, se preguntaba porque tendría que compartir con tantos lo tan poco que tenía y que ella había logrado conseguir con su propio esfuerzo. Lola lidiaba con cuatro nietos más, uno que le recordaba, dolosamente, la fisonomía de aquel que le había arrancado mucha sangre y muchas más lágrimas a su hija, otro que solía enclaustrarse penosamente para repasar aislado sus amarguras, otro más que le reventaba la paciencia con sus incansables desvaríos, el último de los nietos que Lola tenía que cuidar era enfermizo y no tenía más gracia que la de ser nieto de ella.

El puesto de doña Luchi no era un buen lugar para hurga en busca de monedas extraviadas, pero si lo era para encontrar miles de formas en los ladrillos que sostenían a la barra; yo le contaba siempre a Lola, mientras nos encaminábamos a cumplir con el recorrido de todos los días, todo lo que miraba mientras ella platicaba. Ahí llegué a mirar ejércitos de hormigas que recorrían, con vertiginoso paso, el cuerpo de una vaca que parecía estar queriendo alcanzar, con el único cuerno que tenía, el techo de un carro que con sus seis llantas patas parriba parecía sostener una gran parte de la barra mostrador; la vaca se alzaba de puntas sobre tres patas y las hormigas bajaban por cada una de ellas luego de salir todas de la llanta mas cercana a la barra, recorrer por cuatro caminos distintos las dos llantas más alejadas al mostrador y reunirse en el hocico de la vaca para recorrer en una sola línea gran parte del cuerpo; las hormigas solían interceptarse, levantar sus patas delanteras y retomar su camino ya fuera hacia la llanta del carro si regresaban o hacía el piso si apenas iban; recuerdo que cuando me percaté cabalmente de eso, yo le pregunté a Lola quienes iban y quienes venían, ella me respondió –cuándo van cargando cosas las hormigas, al subir o al bajar- yo le dije que siempre que iban para arriba llevaban algo, Lola sonrió, me dio el cucurucho en el que don Juventino le había despachado el arroz y sólo me dijo, -vámonos parriba mi niño, vámonos parriba.

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6 Abril 2008

REFLEXIONES ENTRAÑABLES (Alvaro Sánchez)


Lamentablemente mis actividades me alejan de la posibilidad de escribir mas a menudo por este medio, sin embargo es un gusto el poder abrir la pagina de Internet y encontrarme con muchos testimonios los cuales disfruto y paladeo. Cada frase, cada idea, cada crónica y anécdota me llevan a revivir momentos inolvidables, los cuales no serian posibles sin la magia de sus recuerdos, de la sabiduría que da la experiencia y la mesura que da la madurez para poder relatar cada una de sus vivencias, Vaya un poderoso abrazo desde la península de Yucatán, hasta la península del mar de Cortéz no sin antes pasar por la capital y centro del País.

No cabe duda que poco a poco nos vamos sensibilizando, la palabra siempre precisa de Ángel Porras, o las líneas intelectuales y complejas de Martín el Charro las crónicas de Noemí ó los agradecimientos siempre oportunos de Enrique Vergara y Jorge Pérez, me lleva al recuerdo de esos ayeres en el tiempo y el espacio, sí, los que vivimos, compartimos y disfrutamos llevados por un sólo fin que da el valor de nuestras raíces,; lealtad al amigo, al compañero y hoy constato que a través de las palabras perdura el sentimiento de amistad, una sencilla sonrisa ó el simple hecho de estar al lado, en silencio ó en risa, en llanto ó en alegría, todos esos momentos se van quedando con el tiempo, escondiéndose en los más recónditos lugares de la mente, pero por ser importantes siempre se recordaran...
ya sea como espectadores ó bien como protagonistas de una generación que hoy revive de lo más profundo de sus raíces. Simplemente hoy dejamos que emerjan las palabras convirtiendo el recuerdo en presente para vivir nuevamente una época que marco historia.

Son las diez de la noche y estoy bebiendo un Whisky, mi mente reluce con la luz de la luna y el cielo estrellado de Yucatán que penetra por la ventana de la habitación donde me encuentro. Con cada sorbo de esta bebida por demasía sabrosa que por hoy no he podido dejar, me levanta los ánimos para seguir viviendo lo que cada uno de ustedes ha escríto en cada una de sus anécdotas, llegan imágenes y voces a mi mente de cuando estábamos reunidos en aquéllos salones, en aquéllos jardines, en aquéllas fiestas de fin de semana donde solíamos relajarnos de las duras jornadas de clases y de asimilación de conocimientos. Éramos libres de la escuela, del trabajo, nos sentíamos poderosos para hacer cualquier cosa, para expresarnos sin miedo.

En ocasiones no he tenido el tiempo para poder disfrutar cada uno de sus relatos, sin embargo la melodía de sus letras se mete por todos los poros, y la sangre, haciendo que el corazón bombee y bombee. De aquellos recuerdos que hoy hacen parte de nuestras vidas.

20 años pueden ser pocos o pueden ser toda una vida, todo depende de la persona, no acostumbro a medir el tiempo por años sino por metas, cada meta cumplida evoluciona para convertirse en una más grande, más importante, siempre para adelante, sin duda, sin vuelta atrás, El tiempo es corto para llegar a conocer a una persona pero en lo poco que he compartido con ustedes, he comprendido el verdadero sentido de una amistad, quizá en algún momento los caminos nos vuelvan a encontrar, pero por siempre tendremos este pasado, un pasado de buenos momentos, un pasado en el cual hemos descubierto, poco a poco, las bondades y desventajas de la vida, un pasado que se que perdurará en mi corazón y en mi recuerdo...
Palabras son pocas, mi narración no es extensa, pero es difícil plasmar en un papel lo que una verdadera amistad significa, no puedo ofrecer bellos poemas ni exquisitas narraciones como lo hicieran muchos de ustedes, lo que si les otorgo es mi espíritu y corazón, les ofrezco mi amistad incondicional, un hombro para esos momentos difíciles y mi hermandad simbolizada por un soldadito de plomo.


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26 Marzo 2008

MI ABUELA LOLA O LA RELACIÓN AMOR Y CONOCIMIENTO (Parte I)

Algunos dicen que uno va adentrándose en la vida, y durante toda la vida, a diferentes rincones de la conciencia. Dicen, los que de eso saben, que algunas veces esos rincones tienen aromas o colores que nos son previa o tímidamente conocidos, pero que en otros tantos momentos, esos rincones nos son tan nuevos, que uno se mantiene siempre lleno de asombro y con cierto temor ante ellos por no tener un punto referencial con quien enlazarlos para hacerlos más digeribles. Yo la verdad que no tengo forma de respaldar eso que los letrados en el tema afirman con letra bonita, y tampoco tengo manera de explicarme lo que en algunas ocasiones me llega a suceder cuando me cruzo con personas o escenarios que me son familiares, pese a tener la certeza de que jamás he estado ahí, ni mucho menos he cruzado miradas con esas personas que de repente me parecen tan, pero tan conocidas. Ya sé que algunos dicen que el inconciente va adentrándose en sus alforjas, una enorme cantidad de información que el conciente no tuvo la delicadeza o la destreza de registrar con lujo de detalle y que no será sino hasta que nuevamente nos encontremos con esa realidad, inédita al conciente pero muy presente para el inconciente, que establecemos esa relación y sentimos esa sensación de alivio y agrado.

Mi abuela Lola ha sido una luz cuya fuente de energía, muy propia por cierto, destelló y vivificó todos los rincones concientes por donde me fui adentrando hasta los siete años, luego de que se quedó dormida una vez que se hubo cerciorado de que el niño, en este caso yo, ya había cenado.

Lola era una mujer enorme, pese a su delgadez y su baja estatura, era verdaderamente enorme. Yo nunca supe lo que era un temor cuando estuve a su lado, esos llegaron después, justo cuando ella dejó de asistir a la casa porque la estaban cuidando para que ya no le dolieran sus pies. A Lola le pasó conmigo, lo mismo que le pasó a algunos héroes de mi infancia, nunca se hizo pequeña y nuca envejeció, se me hace que mucho de eso se debió a que nunca tuve otra imagen de ella, más que la que me dieron mis cuatro años cerca, muy cerca de ella.

Lola llegó a mi vida cuando yo tenía tres años, y no es que no estuviera ella conmigo desde que supo, por labios de mi madre, su hija única, que vendría un niño más y que éste era de alto riesgo, lo que sucede es que yo la descubrí recostada en la cama, guardándome en su regazo y pidiéndome que no llorara - ya mi niño, ya... yo te voy a llevar después...- así apareció Lola en mi vida: con un consuelo, mucha ternura y una enorme promesa. Desde esa noche, Lola ya no desapareció de mi vida y yo tampoco tuve interés, desde esa noche, de dormir con alguien que no fuera Lola; no sé si antes de esa noche yo ya había dormido bajo el encanto de la voz ronca de Lola, que conmigo se tornaba juguetona y siempre muy tierna.

Lola no me leía cuentos, ella solía platicarme lo que haríamos al otro día y lo que yo tendería que hacer según las edades que fuera alcanzando. Ella solía recordarme que sólo hasta tercero de primaria iría a llevarme y a traerme a la escuela entrando hasta el salón por mí, luego, me decía, -cuando vayas en cuarto yo te esperaré en la puerta y tu podrás jugar un rato más con tus amigos mientras yo te cuidaré- A mí no me gustaba mucho esa idea, recién había entrado al jardín, y para mí era una verdadera luz mirarla llegar al salón siempre con su cuerpo erguido y trenza cayéndole por un lado del cuerpo.

Mi abuela era una mujer bella, muy bella. Nacida en un poblado de Jalisco, su padre había sido un inmigrante que poco después de su nacimiento regresó a su tierra con la promesa de volver, dejando en estas tierras una mujer profundamente enamorada de Dios y de sus reglamentaciones, y una hermosa niña de apenas cuatro o cinco años, cuyos ojos eran enormemente negros. La mujer lo esperó, obligadamente toda la vida y la hija lo añoró hasta que conoció a Miguel, mi abuelo quien también se marchó, pero ese sin maletas ni boleto de tren, sino que se fue de noche y lleno de balazos.

Con Lola también inspeccioné lo que era tener conciencia de la conciencia. Recuerdo que eso sucedió un tarde, no sé de que mes, pero creo que debió de ser verano porque ella decía que hacía calor y que se le habían hinchado sus pies de mas, cuando me mandó, por primera vez y solo, a la tienda. Bien me acuerdo que me dijo –un peso de aspirinas, una pepsi y unos faritos mi niño- yo me fui corriendo porque a ella le dolían sus piernas y eso era algo que no me gustaba mucho porque cada que eso pasaba la casa completa se ponía muy triste. Cuando llegué a la tienda, la euforia de la carrera me había borrado la lista completa de la cabeza, Neptalí, el tendero que siempre tenía mala cara y que a decir de los rumores era porque no encontraba un hombre que lo hiciera sentir mujer, me dijo con enojo –ve a que te apunten chamaco güey- yo me regresé con la idea de que Lola me regañaría, cosa que seguramente hubiera hecho si hubiera sido cualquiera de mis hermanos, pero ella se sonrió, me repitió el encargo, pero no me dejó salir hacia la tienda, hasta que no canté, con ella: &… aspirinas unos faros y una pepsi, aspirinas unos faros y una pepsi, aspirinas unos faros y una pepsi…& desde entonces y hasta ahora, he entendido que con Lola también adquirí la conciencia de la conciencia.

Platón afirmaba que el amor y el arte eran los componentes indispensables para la adquisición del conocimiento, Lola me lo enseñó a diario, con su sonrisa de dulce y con sus constantes mimos y caricias. Como comer, como calzarme y como tirar el chicle luego de que se le ha ido el dulce, o la gracia como solía ella decir. Todo eso me lo enseñó Lola, además de que siempre lo hizo con un gesto tan de buenos días, que con ella, como lo dijera Silvio Rodríguez, todo se volvía primavera.

Martìn (el charro)

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21 Marzo 2008

VIAJES AL PASADO Y HERMANDAD DE PLOMO

Por Ángel Porras

De entre todas las quimeras que revolotean por la mente de los seres humanos, la del dominio del tiempo suele ser, quizá, la más predominante. Por lo menos eso ocurre muchísimas veces por la infame cabeza de quien esto redacta.

Y lo más grandioso es que, con motivo de cumplir tareas laborales, recientemente tuve la oportunidad de viajar en el tiempo, de transportarme, junto con tres acatlecos, a remembranzas de hace 20 o más años, de trasladarnos juntos a la precisión de los datos, que sólo la conjunción de los recuerdos permite en materia de memoria.

Primero en la capital del estado de Aguascalientes, donde hice una visita relámpago, tuve el honor de contactar a María Esther Nava, quien amable y fraternalmente me invitó a su divina casa. Inclusive, hubo de rescatarme de entre el laberinto del fraccionamiento donde habita, porque me di una perdidota…

Luego de presentarme a sus hijas, Ilse Naxielly (Ilse es Isabel en alemán y Naxielly es “te quiero mucho” en zapoteco), de 18 años, y Biaani Sayuri (Biaani es “Luz” en zapoteco y Sayuri, de origen japonés, significa “flor que nace a la orilla de un río”), de de 17 años —ambas, ineludibles herederas de la estética y perenne belleza de su madre—, Esther y yo conversamos por espacio de una hora antes de que arribara su esposo, Rodolfo, a quien ella llama “mi flaco”.

Esther y yo platicamos de todo, sin profundizar en nada. El tiempo, siempre el tiempo, nos limitó envidiosamente a la actualización de los datos, a los recuerdos más famosos, a los detalles que han hecho historia entre la generación. Reímos y nos entristecimos. Fijamos la mente con esfuerzo en aquellos detalles que todavía no nos permiten armar el rompecabezas de los recuerdos sobre los hechos atestiguados o protagonizados por ambos… Y en algunos casos lo logramos.

Después de la visita centella, Esther y yo nos despedimos (junto con su esposo me dio un aventón al sitio donde me esperaban los compañeros de trabajo) como si supiéramos que pronto nos volveremos a ver, que no pasará mucho tiempo (ahí sí le ganaremos la carrera en algo) antes de que podamos compartir de nuevo esas evocaciones y esos trozos de recordación perdida entre las neuronas. Yo estoy plenamente seguro. Ella, estoy plenamente seguro, también.

—oo0oo—

—¡Angelito!

Ese fue el grito con el que Álvaro Sánchez, El Poder, me obligó a virar la cabeza para dirigir mi mirada hacia donde él estaba sentado, terminando de desayunar.

Sí, por circunstancias laborales de ambos, coincidimos en el hotel Los Cocos, de Chetumal, Quintana Roo. Yo había viajado allí también por una encomienda de trabajo y luego habría de trasladarme a Mérida, Yucatán, para continuar con esa labor. El Poder, a su vez, había llegado a la capital quintanarroense, para cumplir con una tarea especial.

Por eso fue que luego del fraternal abrazo y las risas, le comenté que había pensado en escribirle por correo para tratar de contactarlo una vez arribara a Mérida. No fue necesario por ese fortuito y afortunado encuentro, un momento elegido por el azar. No desayunos juntos porque él ya había terminado, pero sí tuvo a bien ponerme en contacto, vía celular, con Elvia.

Nos pusimos de acuerdo, intercambiamos números celulares y quedamos en que nos llamaríamos. Tampoco fue necesario. Por esas extrañas razones del destino (aunque haya quienes no crean en él), El Poder y yo viajamos en el mismo autobús hacia Mérida. Fueron dos y media horas de conversación fructífera, en la cual pude narrarle mi inolvidable relación postescolar con Rubén Regnier —para mí, el “Bad Milk”, aunque esto lo sea más yo que él—, y muchos otros detalles que juntos compartimos en ese viaje de casi seis horas, pero que en el lapso de la plática se hizo muy corto.

Al llegar a Mérida y despedirnos con la promesa de juntarnos, también por otras cuestiones circunstanciales tuve la oportunidad de saludar a la bella Elvia —los años no pasan por ella, de veras (y ojalá nos pudiéramos reflejar en ese espejo)—, pues en su camioneta transitaban por el hotel donde planeábamos hospedarnos y gustosamente se estacionaron y bajaron para el triple encuentro.

Finalmente sí nos reunimos al día siguiente. El Poder pasó por mí al hotel donde estaba y me llevó a su enorme casa. Me presentó con sus hijos, Álvaro, de 13 años, y Daniela, de 12 —también ineludible heredera de la belleza de su madre y de las pobladas cejas de su padre—, y me invitó a sentarme en su moderna Covacha. Sí, un sitio que rememora a ese Terzo de Alcanfores s/n., pero con las comodidades y las ventajas de la modernidad.

Después llegó Elvia de su trabajo cargando bolsas con las viandas para la velada. Los tres nos dedicamos entonces a actualizarnos en materia de nuestros últimos acontecimientos. Pero también tuvimos el tiempo para hurgar en nuestras respectivas mentes para el armado de los recuerdos. Inclusive, Elvia y yo podríamos contar una anécdota de un suceso que nos ocurrió con un ex compañero acatleco, por separado, y que hasta esa noche supimos ambos que nos había acontecido.

Fue para mí una velada grandiosa. Cené con una familia maravillosa, llena de armonía y de amor; orgullosa de su esfuerzo y por su salida avante en la vida.

En síntesis, creo estos viajes al pasado me permitieron reencontrarme con mis amigos; fortalecer aún más los lazos que han comenzado a entreverarse en nuestras relaciones con los demás, y a conocer un poquito más a fondo con quienes compartí una de las etapas más importantes de mi vida, de nuestras vidas.

Por lo tanto, esta es una invitación a que, cuando se pueda —claro está— logremos agendar una visita a los nuestros, donde radiquen, donde el tiempo y las circunstancias nos ubiquen. Les aseguro que puede ser una experiencia inolvidable y, por lo tanto, se puede consagrar como la consecución de una ilusión: viajar a través del tiempo.

—oo0oo—

En un momento determinado de mi visita a la casa de Elvia y Álvaro, El Poder se paseó pensativo por su moderna Covacha mientras ella y yo conversábamos. De repente tomó un muñequito de plomo de su colección colocada en repisas de las paredes del sitio y me lo entregó diciendo:

—Este será el símbolo de nuestra hermandad.

Acordamos entonces que podamos hermanarnos con ese tipo de símbolo. Yo, a mi vez, deberé regalarle un muñequito (también hay muñequitas) a alguno o alguna de los compañeros o compañeros de Acatlán en mi próximo encuentro, y así sucesivamente. La idea es que cuando nos reunamos en masa, todos carguemos con nuestro correspondiente símbolo de hermandad. Es una propuesta que yo estoy dispuesto a continuar. ¿Quién dijo no?

Y creo que la excepcional idea de El Poder, de planear la hermandad con un símbolo de plomo, podría tener sustento en las características de este metal: sólido, resistente y maleable, como nuestra amistad.

Fin… Por fin.

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8 Febrero 2008

"CURADO DE FRESA Y BAD MILK"

Por Ángel Porras

Era el segundo semestre de la Carrera. Salimos de la clase de Epistemología —una materia donde supuestamente se nos inculcaban los fundamentos y métodos del conocimiento científico—, entre confundidos y felices porque al fin, por ese día, había concluido dicha tortura.

La verdad es que no teníamos ganas ni siquiera de ir a desayunar. En cuanto salimos del salón A-105, del edificio 6, nos dirigimos presurosos a tomar asiento en las bases de los árboles cercanos, más buscando aire fresco que descanso. Ese día, allí sentada esperaba la hermana de Gilberto Marín, El Chueco, creyendo que su hermano no tardaría en salir. Cuando nos vio, sabiendo que éramos sus compañeros, nos preguntó por él, a lo que le respondimos que no había llegado a clase.

Un tanto contrariada, quizá porque debía acudir a sus propias clases, nos pidió, a Nohemí Pineda, a Manuel Alcántara y a mí, que de favor le entregáramos a su hermano un termo y una bolsa de plástico con su desayuno.

El Chueco trabajaba en esa época como velador, o algo por el estilo, en una clínica del IMSS. Muchos compañeros llegaron a creer que sus ojos rojos se debían a las pasadas de mota que se daba, pero en realidad eran porque trabajaba de noche. También frecuentes fueron las ocasiones en que Gilberto se tiraba en los prados del edificio A-6 a dormir, a veces perdiendo clases o en otras aprovechando la ausencia de ellas.

No sé si ese día el alejamiento de El Chueco se debió a sus continuas jeteadas en Acatlán o que de plano no acudió a la ENEP; el caso es que no lo vimos todo ese día, un viernes por cierto.

Intrigados por saber qué le habían puesto de desayuno a El Chueco, una vez que desapareció la hermana de Gilberto procedimos a abrir la bolsa de plástico, que contenía dos tamales, creo que de mole rojo; mientras que en el termo había una especie de licuado de fresa. Y digo especie porque parecía entre yogurt y agua de sabor, menos licuado de fresa.

Incitados por Manuel y por nuestra propia hambre, de los tamales dimos buena cuenta entre los tres. Mientras comía, Nohemí reía nerviosamente; Manuel lo hacía a carcajadas, y yo me atragantaba de maíz y mole. El “licuado” nadie lo quiso probar. Una vez concluida la labor, desaparecimos la bolsa de plástico y esperamos la llegada de El Chueco para poder entregarle el termo. Inútil.

Concluyó la jornada estudiantil, los viernes muy corta por cierto, y nos dirigimos hacia el estacionamiento, donde Nohemí tenía su Dart K color guinda. Una vez más a instancias de Manuel y mía, abrió la cajuela y allí depositó el termo con la sustancia sabor fresa. Se marchó en su vehículo y Manuel y yo, como casi siempre, abordamos el camión que nos llevaría a la estación Chapultepec del Metro.

***

Al lunes siguiente, desde la primera hora de clase nos acordamos del termo de Gilberto y al preguntarle a Nohemí nos contestó que todavía continuaba en la cajuela de su auto. No le dijimos nada a El Chueco, sino hasta casi la hora de la salida, cuando le pedimos que nos acompañara al estacionamiento. Le habíamos relatado que su hermana vino a buscarlo el viernes y a traerle el desayuno, que constaba sólo de un termo. Tiempo después le reconocimos que también había incluido dos tamales, los que no quisimos que se echaran a perder.

Camino al estacionamiento, los cuatro, Noemí, Manuel, Gilberto y yo, íbamos con risas nerviosas, cada uno sintiendo cosas distintas. Yo trataba de imaginar si la cajuela olería a rayos. Manuel me comentó que esperaba ver el termo sin tapa y todo el líquido desparramado. Y Nohemí casi se doblaba de la risa.

Nohemí abrió la cajuela de su auto y extrajo el termo, que había quedado en el hueco de la llanta de refacción. El recipiente estuvo allí casi 72 horas, con la tapa en su lugar pero a una temperatura que casi quemaba las manos. Al abrirlo Gilberto, con su siempre risa nerviosa, se escuchó un silbido de escape de gas. Los cuatro, entre sorprendidos y burlones, soltamos la carcajada, al tiempo que en la atmósfera cercana se diseminaba un olor muy peculiar.

El “licuado” de fresa había fermentado en exceso y el termo expedía un olor agrio, picante, como de pulque. Nohemí, Manuel y yo reíamos más que El Chueco, pero indudablemente éste también estaba divertido. Vació el termo en una coladera cercana, lo tapó y lo guardó. Al final, casi con lágrimas en los ojos de tanta risa, nos dirigimos nuevamente hacia la escuela para concluir la jornada estudiantil.

Desde entonces, a esta anécdota la conocemos como “Curado de fresa”. Sí, sin querer y sin saber cómo, ese fin de semana habíamos generado un suculento “curado de fresa”.

Y Gilberto Marín, El Chueco, siguió acompañándonos feliz en nuestras andanzas. Sólo se separó un poco de nosotros hasta séptimo semestre, cuando todos los ex compañeros iniciamos las correspondientes especialidades. Nohemí, Manuel y yo estuvimos en Prensa Escrita. Él se fue a Comunicación Persuasiva.

Como siempre, expongo aquí hechos que me constan y que protagonicé, pero quizá haya detalles equivocados e imprecisiones. Por lo que invito a los demás participantes a las aclaraciones pertinentes, y a todos quienes deseen opinar al respecto que lo hagan sin miramientos. Se aceptan críticas y hasta desmentidos.

Saludos a todos.

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